Que el Tío Sam marque tu número

FIBA y Euroliga se pelean por ser el interlocutor de la NBA en Europa

Alberto Rodríguez (@albertthethin)

Hace veinte años ser europeo e ir a jugar a la NBA era prácticamente la guinda de una carrera deportiva. Los chicos que marchaban al otro lado del charco lo habían sido todo aquí, ganando sus respectivas ligas nacionales, copas del país y, por supuesto, habiendo levantado también la Copa de Europa con sus clubes. Ser los mejores les garantizaba una presencia relevante en sus selecciones cada verano. Algunos incluso dicen que esperaron demasiado. Sabonis necesitó más de doce años de carrera profesional en Europa para ganar una Final Four. Aterrizó en Portland con 32 años y las rodillas desechas. Sin embargo, nadie lo vio raro.

 

Cuando Michael Jordan se retiró por primera vez en 1993, la NBA percibió que hacía falta un cambio para no perder atractivo. Su Alto Comisionado, David Stern, inició entonces los primeros contactos con las franquicias, sindicatos de jugadores y la NCAA para sondear la posibilidad de que los jugadores jóvenes pudieran ingresar en la competición sin necesidad de pasar por la universidad, tal y como obligaba la normativa. A ninguna de las partes le pareció bien. El prestigio de la liga universitaria era extraordinario y se consideraba que el mejor baloncesto del país se jugaba allí. El torneo tenía menos poder que en la década anterior, cuando las universidades podían llamar a sus ex-jugadores menores de 24 años para disputar los play-off, pero aún se creía que la etapa de formación académica de las futuras estrellas de la NBA era fundamental.

 

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‘Magic’ Johnson y Larry Bird jugando con sus respectivas universidades: Michigan e Indiana State

 

Stern confió en su olfato y aprobó la medida, que entró en vigor en 1995. A la liga desembarcaron nombres como Kevin Garnett, Kobe Bryant o Tracy McGrady; jugadores que muy pronto dieron que hablar y que desafiaron a la vieja guardia que se coronó en Barcelona ‘92. Con el paso de los años el ‘boom’ de los chicos provenientes del high-school llegó a su máximo esplendor, al que se apuntaron también los jugadores formados fuera de los Estados Unidos cada vez más jóvenes. Lo que antes requería una paciencia infinita para ser el mejor y estar preparado para afrontar el reto americano ahora se había convertido en ansia pura y dura por ser elegido en el Draft, independientemente de los méritos deportivos. Lo que en un primer momento supuso un enorme atractivo para la competición pronto tendría consecuencias dispares para su desarrollo y el entorno que rodea a la NBA, que, si bien es cierto que alcanzó su cota más alta de globalización (la llegada de Yao Ming así lo atestigua), también modificó irremediablemente el panorama deportivo a nivel mundial.

 

Pronto el glamour de los jugadores de instituto trajo muchos problemas a la liga: muchos de los jóvenes que se incorporaron achacaron la ausencia de un periodo de formación adicional que antes les brindaba la universidad. Los casos de violencia, tenencia de armas, consumo de drogas, detenciones, problemas con el juego y con el dinero se multiplicaron. Jugadores como Gilbert Arenas fueron descubiertos en su taquilla con dos pistolas dentro; otros como Kwame Brown sencillamente no cuajaron. La liga de desarrollo (NBDL) se plagó de profesionales sin futuro en el gran circo, desplazados por el ansia de los propietarios de contar con jugadores no formados en el college. Un hecho que pronto se reveló como no casual fue que los jugadores procedentes de Europa daban muchos menos problemas: su conocimiento del juego era amplio, su disciplina mucho más estricta que la de los chicos del high-school y su rendimiento también. Salvo aisladas excepciones como el caso de Darko Milicic, resultaba muy rentable contar con europeos en la plantilla, fuera de las grandes estrellas que negociaban contratos de siete cifras como Gasol, Nowitzki o Parker.

 

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Kevin Garnett, portada de Sports Illustrated tras su llegada a la NBA sin pasar por la universidad

 

Esta “inusual” demanda de talento europeo por parte de la NBA desplazó el paradigma formativo en el viejo continente. Cada vez más jugadores se marchaban a Estados Unidos sin haber completado totalmente su aprendizaje y ya no sólo se iban los mejores. Europa vio como en muy pocos años la competición americana saqueaba sus escuelas de baloncesto cada verano, sobre todo gracias al imponente escaparate de la Euroliga. Siendo así, resultó paradójico que los principales equipos fueran a pescar a la NBDL, a África, a los Balcanes. Esquilmaban para ser esquilmados pocos años más tarde. Ejemplos como los de Ibaka, Mirotic, Hezonja, Vesely, Tavares, Diop o Bogdanovic dan buena cuenta de ello. Poco a poco los grandes papas de Occidente se dieron cuenta de ello y alzaron la voz. Personajes de la talla de Obradovic, Messina, Blatt, Aíto o Ivkovic denunciaron la situación y exigieron una mayor protección al talento nacional. La FIBA, gran perdedora del cisma de 1999, creyó que aquélla era su gran oportunidad para recuperar la hegemonía perdida. Sus dirigentes, entre los que destacaba como alumno aventajado José Luis Sáez, iniciaron contactos con ligas menores y posteriormente con la NBA para iniciar una competición alternativa a la Euroliga que prestara más atención a los méritos deportivos y garantizara ingresos a las maltrechas economías de la clase media europea.

 

La probatina salió mal. Sáez cayó en desgracia al destaparse su corrupción al frente de la federación española y la FIBA perdió a su mejor interlocutor con el señor Silver, actual mandamás de la NBA. Más tarde la Euroliga garantizó la potente inversión turca en su competición y arrastró consigo a los clubes más poderosos. Quien podría haber ejercido de árbitro, el propio Silver, se lavó las manos (como no podía ser de otra manera). Las ligas nacionales sufrieron el que probablemente fuera su golpe de gracia, pues el movimiento de la FIBA no estaba destinado a mejorar sus condiciones, sino a ser el interlocutor preferente de la NBA en Europa. El contraataque se produjo el pasado verano, cuando se anunciaron las famosas ‘ventanas’ de clasificación para el Mundial de China de 2019, a imagen y semejanza de lo que ocurre en el fútbol. Los clubes de Euroliga se negaron a ceder a sus jugadores para dichos partidos y la FIBA volvió a perder a pesar de las amenazas. Ni siquiera los denodados esfuerzos de los presidentes federativos sirvieron para ablandar el corazón a los grandes equipos. De hecho, el actual calendario, demencial en toda regla para el modelo tradicional europeo, hace que un club de renombre dispute casi el mismo número de partidos en temporada regular que uno de NBA. Los efectos ya se están haciendo notar en el segundo año de implantación, con una plaga generalizada de lesiones de las principales estrellas, en claro periodo de adaptación y con una preparación obsoleta para esta exigencia.

 

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Álex Abrines con la camiseta de Oklahoma City Thunder

 

La desigualdad es la nota predominante de esta guerra absurda por ver quién se pone al teléfono cuando al jefe de la NBA le de por llamar. Mientras tanto, los clubes grandes acaparan el poco poder que queda suelto con el único objetivo de formar jugadores para que el Tío Sam se los lleve cuando considere oportuno. En el otro extremo, las ligas nacionales agonizan sin haber superado la crisis de los patrocinadores y la de los contratos de televisión, teniendo que recurrir al rescate los ayuntamientos y las regiones que los acogen para poder subsistir. El caso español es de manual. Las audiencias se desplazan a la Euroliga, los ingresos se resienten, las deudas no se pueden pagar. Varios entrenadores hablan ya de la posibilidad de crear una liga de ámbito universitario a imagen y semejanza de la NCAA americana. “Si nos roban talento, por lo menos que lo sepamos de antemano”. Son palabras de Aíto García Reneses, principal impulsor de esta iniciativa. “Al ritmo al que vamos, la única competición rentable en menos de diez años será la Euroliga (…) una liga universitaria recuperaría el espíritu de las canteras de antaño y formaría más intensamente a las futuras estrellas. Eso sí, como los Estados no sean garantes, su viabilidad durará lo mismo que la de la ACB”.

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Danilovic y lo imposible

Recrónicas de la canasta (X): Play-off LEGA Italiana 1998 (Final, 5º partido). Kinder Virtus Bolonia 86 – 77 Teamsystem Fortitudo Bolonia

Alberto Rodríguez (@albertthethin)

Los años noventa encumbraron a Bolonia como la capital europea del baloncesto. La capital de la región de Emilia-Romania, situada en el noreste de Italia, pionera en la creación de las primeras universidades y con el segundo casco medieval más grande del viejo continente tras el de Venecia, albergó siempre grandes equipos de la LEGA, a la que dieron brillo y lustre no sólo la estupenda generación azzurra capitaneada por Dino Meneghin, sino también la llegada de foráneos de la talla de Mike D’Antoni, Dino Radja, Joe Arlauckas, Corny Thompson, Dominique Wilkins o Toni Kukoc. Para los descartes de las franquicias NBA el país transalpino era un destino cómodo y accesible. El salario era muy decente, la liga extraordinariamente competitiva, las aficiones una pasada y tenías la oportunidad de aprender idiomas, viajar, formar una familia y coincidir con antiguos compañeros de travesía mientras esperabas tu oportunidad en el gran circo norteamericano. Muchos de ellos se quedaron esperando siempre, otros tan sólo participaron en los training camps de verano y la mayoría hizo carrera a este lado del charco sin arrepentirse de ello.

 

El modelo italiano estaba soportado por grandes compañías multinacionales y bancos, que representaban el principal peso del patrocinio de los clubes. Nombres como Philips en Milán, Ignis en Varese, Banco di Roma en la capital, Benetton en Treviso o Banca di Monte dei Paschi en Siena estuvieron siempre asociados a sus equipos de baloncesto. Esta organización se mantuvo mientras las fábricas permanecieron en el país y las entidades financieras gozaron de una liquidez prácticamente infinita. La mitad de la primera década del siglo XXI devoró a los principales clubes, que hoy malviven en divisiones inferiores (los que han aguantado) o bien han tenido que refundarse con aspiraciones mucho más modestas, salvo contadas excepciones como el Milán, al abrigo de la firma Armani. Muchos de ellos tenían casi cien años de antigüedad, como ocurrió con los dos equipos protagonistas de esta crónica.

 

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Uno de los duelos de la década: Carlton Myers frente a Pedrag Danilovic

 

Los polos de la canasta estaban repartidos por varias regiones. En Lombardía y el Véneto destacaban cuatro clubes por encima del resto: el Olimpia en Milán, equipo más laureado del país, el Ignis en Varese, el Cantù y la Benetton en Treviso. En el oeste sobresalía el equipo de Siena, capitaneado por el eterno Stefano Vidili y en la capital el Banco di Roma levantaba la LEGA en 1983 y la Korac en 1986. A pesar de este amplio abanico, la ciudad donde se partía el bacalao era Bolonia. Sus habitantes estaban divididos en dos bandos irreconciliables: la Virtus y el Fortitudo. Entre ambos sólo se llevan 3 años de antigüedad, 1929 y 1932 respectivamente, pero para muchos aficionados el Fortitudo siempre fue el hermano pequeño y su rival, el espejo donde mirarse. Además, la suerte nunca los acompañó. Su primer título importante fue la Copa de Italia en 1998, hito que inició un exitoso, pero breve periodo hasta 2005, en el que se ganaron también dos Ligas y dos Supercopas. En su andadura europea siempre le lastraron los cruces, muchos de ellos contra la maldita Virtus, que casi siempre le cortó las alas. El Fortitudo fue sub-campeón de la Korac en 1977 a manos de la Jugoplastika de Duje Krstulovic y, ya en tiempos de la alta definición, disputó la final de la Euroliga en 2004, donde fue masacrado por el Maccabi de Jasikevicius, Parker, Vujcic y Baston por 118-74.

 

La Virtus, por el contrario, siempre nadó en abundancia. Solía disputarse la LEGA con el Olimpia de Milán y tenía una larga y contrastada trayectoria europea. A los quince títulos ligueros hay que sumarle 2 Copas de Europa, una Recopa y 8 Copas de Italia. El prestigio de la entidad atrajo no sólo a grandes jugadores, sino también a entrenadores de valía intachable como Aleksandr Nikolic, Kresmir Cosic o Dan Peterson. La lista de estrellas que vistieron la elástica blanquinegra en las últimas dos décadas del siglo XX es deliciosa: Orlando Woolridge, Arijan Komazec, Alessandro Abbio, Antoine Rigaudeau, Zarko Paspalj, Claudio Coldebella… El ciclo boloñés estaba en pleno auge, siempre con uno de los dos equipos metido en las eliminatorias de la Copa de Europa o coqueteando con otros trofeos como la Recopa y la Korac. Compartir cancha también fue motivo de rivalidad. Tras la Segunda Guerra Mundial los pabellones quedaron destruidos y ambos clubes trasladaron sus encuentros a la sede de la Bolsa de Bolonia, cuyo parqué oscuro y de maderas cruzadas les valió el apodo de los Celtics de Europa durante la década de los cincuenta. Un año antes de aquella gloriosa final de 1998, el Fortitudo caería eliminado en cuartos de final por el Barça de Djordjevic en tres partidos, mientras que un jovencísimo Dejan Bodiroga colaba al Stefanel de Trieste en la Final Four.

 

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Dominique Wilkins se encara con Zoran Savic. A la derecha, el escolta Alessandro Abbio

 

Llegamos a 1998. Las escuadras son poderosas. La Virtus cuenta con un perímetro superlativo: Rigaudeau y Abbio en la dirección, Danilovic, Sconochini y Binelli en las alas. Por dentro, dos pívots muy habilidosos: Zoran Savic y Rasho Nesterovic. Por su parte, el Fortitudo presume de su jugador franquicia, uno de esos de los que es imposible no enamorarse: Carlton Myers. Un mito, una leyenda para toda Italia. Un escolta de bandera. Como base juega David Rivers, verdugo del Barcelona en la final de la Copa de Europa del año anterior bajo la elástica del Olympiakos. El juego exterior se completa con Galanda y el veterano Vidili, mientras que en la pintura brillan Gregor Fucka, Dominique Wilkins y Roberto Chiacig. Casi nada. Casi nada en los banquillos también: Petar Skansi en el Fortitudo y Ettore Messina en la Virtus. ¿El ring? El mítico Paramalaguti y el que gane levanta el trofeo. Pero es que en marzo se cruzaron en los cuartos de final de la Copa de Europa, con una brutal tángana en el segundo partido entre Fucka, Savic, Myers y Danilovic. La victoria fue para la Virtus, aunque su rival se llevo la Copa de Italia. Por si fuera poco, la Virtus llegaba al play-off después de levantar la Copa de Europa en el Palau Sant Jordi de Barcelona, tras derrotar al AEK de Atenas en la peor final de la historia de la competición (58-44). La final de la LEGA fue una montaña rusa. El Fortitudo lo tuvo en la mano en el cuarto partido, pero el triple final de Myers no entró y la Virtus se aseguró el decisivo encuentro como local.

 

El ambiente es inmejorable. El pabellón está a reventar y nadie se sienta. Mientras el speaker anuncia los cincos iniciales los comentaristas italianos ensalzan la calidad de ambas escuadras, las dos mejores de Europa. El salto inicial es para el equipo visitante, que, desde el principio, está muy metido en el encuentro. David Rivers dirige con dinamismo y abre espacios. Fucka pelea los rebotes ofensivos; Chiacig sella a Savic en defensa y Carlton Myers ve el aro como una piscina. Sólo Wilkins está errático. Muy pronto el Fortitudo logra una renta cómoda (entre 6 y 8 puntos) y a la Virtus le toca remar. El conjunto local está nervioso, comete muchas imprecisiones y se atropella en ataque. Danilovic no aparece a pesar de la interminable colección de bloqueos que le ofrecen sus interiores. Tan sólo el argentino Sconochini, posterior alero del Baskonia, está fresco y bravo. Entre él y el inusitado desparpajo de Nesterovic en el poste van sosteniendo a los blancos.

 

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Antoine Rigaudeau penetra ante Carlton Myers

 

Pero no es suficiente. En poco menos de diez minutos Myers lleva ya 16 puntos de todos los colores: triples a la salida de bloqueo, suspensiones tras penetración, bandejas, tiros libres… el escolta está masacrando a cualquier marca con la que se enfrenta. Con nueve puntos abajo Messina pide tiempo muerto y modifica el esquema defensivo. La Virtus se pone en zona 2-3, Abbio sustituye a Sconochini y el experimento surte efecto. En dos minutos la renta se estrecha a tan sólo tres tantos y la grada local vuelve a activarse. Rigaudeau está más suelto, Nesterovic alcanza los 10 puntos y, en ausencia de Danilovic, la circulación de balón es más fluida. Si la Virtus no se pone por delante es porque las muñecas de Rivers y Myers continúan a pleno rendimiento. Aun así Skansi pide tiempo muerto y cambia de cromos: Wilkins al banquillo por Gay; Chiacig a descansar de faltas y entra Sullivan. Tácticamente el encuentro es una delicia. Ambos técnicos trazan múltiples variantes en sus esquemas en cada jugada. Cada bloqueo se pelea como si fuera el último. Se jugaba a otra cosa en Europa, ciertamente. Al descanso el Fortitudo recupera la diferencia del comienzo: 36-44.

 

La segunda parte comienza con nuevas variantes por parte de Messina. El siciliano opta por una zona 3-2, con especial énfasis en Rivers y Myers, mientras que en el otro aro el Fortitudo empieza a acusar el cansancio. Las defensa llega tarde a los bloqueos, los exteriores de la Virtus tiran con facilidad y en ataque sobreviven de los rebotes ofensivos de Chiacig. Skansi también ordena zona 2-3, pero hace aguas. Tanto Savic como Nesterovic reciben con facilidad, se giran y anotan, castigando con faltas a las torres visitantes. El primer gran imprevisto para los blancos salta enseguida: cuarta falta personal de Savic. Sin embargo, el plan defensivo no cambia. La zona se adapta al ataque visitante, de 2-3 a 3-2, incluso a 1-3-1. Alessandro Abbio está de dulce y suma ya 17 puntos. Un triple de Rivers pone de nuevo siete puntos de renta para el Fortitudo. Esa brecha se ampliaría en los minutos siguientes con el buen hacer de Myers. A falta de 6:30 el marcador refleja un claro 55-66.

 

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Pedrag Danilovic lanzando el triple imposible ante David Rivers

 

La Virtus estira su defensa como si fuera un chicle. Es una zona, sí, pero parece ocupar cuatro pabellones. El ímpetu y el aliento de la grada hacen posible primero el 61-66 y, tras un 2+1 de Abbio, el 67-68 a falta de 1:28. En la jugada siguiente Savic comete la quinta falta sobre Fucka y éste tiene dos tiros libres. Sólo anota el segundo. La diosa fortuna tampoco se alía con el Fortitudo cuando a Myers le pitan la quinta personal en la lucha por un rebote defensivo con Nesterovic. El escolta mira al infinito, con los brazos en jarra, desolado porque no va a poder ayudar a su equipo en los 54 segundos que restan tras haber convertido 27 puntos, el 40% de la anotación visitante. Rasho sólo encesta un lanzamiento libre y en el rebote los árbitros interpretan erróneamente que Sconochini comete falta sobre Wilkins. Es también la quinta. ‘The Human Highlight Film’ anota los dos. Fortitudo está 3 puntos arriba a falta de 41 segundos para el final. A continuación Abbio se tira una mandarina de tres, Rigaudeau dos más y, en el tercer rebote, Augusto Binelli golpea en el antebrazo a Fucka. El esloveno repite su 1/2 y la Virtus tiene la última posesión con 68-72 en el marcador.

 

Hay instantes en el baloncesto en los que se para el mundo. El último tiro de Jordan con los Bulls dejando a Byron Russell en el suelo (haciéndole falta con la mano derecha, dicho sea de paso), la canasta con la que Djordjevic dejó al Joventut de Badalona sin su primera Copa de Europa en 1992, el triple desde el tiro libre de su propio campo que encestó Sergio Llull en la Fonteta para vencer a Valencia Basket, el misil de Teodosic que nos dejó fuera del Mundobasket de Turquía 2010… y el 3+1 de Danilovic. La jugada, aparentemente sin peligro y bien defendida por David Rivers, acaba con un tiro del serbio desde diez metros a la media vuelta y sin visión del aro que acaba dentro y es objeto de falta personal. Esos segundos, en los que la gloria cambia de mano, convirtieron al alero plavi en el auténtico protagonista del encuentro. Poco importaba que su actuación hubiese sido discreta (por ser amable). Esa frivolidad había llevado a la Virtus a la prórroga estando por detrás en el electrónico durante todo el encuentro.

 

 

En el tiempo extra el Fortitudo se apagó. El canastón de Danilovic acabó con su aliento, sin poder contar con Myers (sustituido por un tal Stefano Attruia, qué ironía) y con su columna vertebral exhausta después de tanto esfuerzo. Por su fuera poco, el mismo Danilovic, ése que parecía fuera del choque durante 39 minutos y medio, se vino arriba y anotó 9 puntos prácticamente consecutivos en la prórroga. De golpe y porrazo, como se escriben las mejores y más épicas páginas de la historia del deporte, la Virtus de Bolonia pasó de naufragar a levantar el título de liga, completando un extraordinario doblete junto con la Copa de Europa ganada en Barcelona mes y medio antes. Hubo más derbis entre los dos equipos de Bolonia, nuevos intentos de revancha por parte del Fortitudo, pero todos ellos, aunque cayeran de su lado, siempre tuvieron un regusto amargo. El de aquel quinto partido de la final de la LEGA 1998.

 

 

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Petrovic llora. Madrid aplaude

Recrónicas de la canasta (IX): Mundobasket España 1986, semifinales (Madrid): Yugoslavia 90 – 91 Unión Soviética

Alberto Rodríguez (@albertthethin)

El Palacio de los Deportes de Madrid, situado en la Plaza de Felipe II, en pleno barrio de Salamanca, estaba poco acostumbrado a mediados de los ochenta a engalanarse tanto para un partido de baloncesto. Bien es cierto que era sede de los partidos de Real Madrid y Estudiantes, pero que de golpe y porrazo aparecieran por aquel parqué nombres de la talla de Arvydas Sabonis, David Robinson, Drazen Petrovic, Dino Meneghin, Óscar Schmidt o Nikos Galis, todos al mismo tiempo, fue algo increíble. La selección nacional venía de conquistar la medalla de plata en los Juegos de Los Ángeles y de perder amargamente ante Italia la medalla de bronce en el Eurobasket de Stuttgart en 1985. Había pulmón de sobra, con Epi anotando desde el exterior y Fernando Martín bajo los aros. Al tándem se unían Andrés Jiménez, los eternos De La Cruz y Sibilio y jóvenes talentos como Jordi Villacampa y José Montero. Dos fatídicos encuentros contra Brasil y la URSS privaron al cuadro dirigido por Díaz Miguel de alcanzar las semifinales. Era decepcionante, sí, pero el nivel exhibido por Óscar y el maravilloso conjunto soviético hizo que aquello supiese agridulce.

 

En Madrid se plantaron Yugoslavia, Estados Unidos, la URSS y Brasil. A pesar de Óscar y el ímpetu carioca, los americanos ganaron fácil el cruce, brillando el fantástico perímetro formado por Sean Elliott, Kenny Smith, Muggsy Bogues y Steve Kerr, así como el poderío de un jovencísimo David Robinson en la pintura. El cruce por antonomasia del torneo, el que sería recordado durante años, fue el disputado por Yugoslavia y la Unión Soviética. Un choque irresistible de dinastías en el viejo continente, con dos nombres propios por encima del resto: el base Drazen Petrovic y el pívot Arvydas Sabonis. El pabellón estaba a reventar y en el ambiente ningún madrileño disimuló su simpatía por la URSS, teniendo en cuenta las habituales provocaciones de Petrovic cada vez que la Cibona de Zagreb disputaba un partido contra el Madrid y también el regocijo nacional que supuso tumbar a la selección balcánica en las semifinales de Los Ángeles ’84. La canción de Los Nikis, El imperio contraataca, publicada un año antes del Mundobasket, hacía referencia explícita dicha victoria, aunque muchos no entendieron que las alabanzas al imperio español eran totalmente irónicas.

 

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El combinado de la Unión Soviética en la ceremonia de entrega de medallas del Mundobasket de 1986

 

Los hermanos Petrovic, Radovanovic, Dalipagic y Vrankovic por Yugoslavia; Valters, Kurtinaitis, Tikhonenko, Volkov y Sabonis por la Unión Soviética. En la primera jugada el Zar de Kaunas coloca un gorro espectacular a Alexander Petrovic. La mecha está prendida. En los banquillos, Vladimir Obukhov y su majestad Kresimir Cosic. Yugoslavia inicia el duelo probando el listón de los árbitros. Entre Vrankovic, Drazen y Radovanovic la defensa balcánica es una sucesión de manotazos y empujones que acaban con Sabonis en el suelo. La primera canasta corre a cargo de Petrovic, tras una jugada que le vimos hacer mil millones de veces y que finaliza con lanzamiento en suspensión a cuatro metros del aro… y la correspondiente protesta a los colegiados mientras corre a defender. Volkov responde rápidamente con un triple ante la cerrada marca sobre Sabas. Hay muchas imprecisiones y las zonas parecen blindadas. Ambos conjuntos tratan de correr el contraataque sin éxito. Por parte yugoslava sobresale Dalipagic, siempre elegante y polivalente; en el lado soviético Tikhonenko se está poniendo las botas. Cosic ha preparado muy bien una excelente tela de araña para que el balón no llegue a Sabonis; de hecho, los primeros puntos del gigante vienen desde el triple. Tras siete minutos de encuentro la igualdad es máxima: empate a 14.

 

A pesar de que a Kurtinaitis le cuesta dios y ayuda marcar a Drazen Petrovic, Yugoslavia se atasca. Valters está muy agresivo en la primera línea de pase y, tanto Volkov como Sabonis, cierran muy bien su aro, de modo que no hay segundas opciones. En el otro lado de la pista, la URSS corre, pasa y anota con relativa facilidad, hecho que permite abrir una pequeña brecha en el marcador (20-14). Petrovic se aplica en ataque y sostiene a su equipo, en el que ha entrado también Danko Cjveticanin, un excelente alero, tirador infalible, que posteriormente haría carrera en Estudiantes. El ímpetu de ambos consigue igualar el tanteo en pocos minutos (22-22). Tras un tiempo muerto el seleccionador soviético decide dar entrada a Valdemaras Chomicius, tras la segunda personal de Kurtinaitis. La defensa sobre Petrovic mejora, pero éste sigue empeñado en tirárselo todo. Sin estar pactado, pero pareciéndolo, ambos entrenadores sientan a sus gigantes. Es entonces cuando aparece un extraño elemento llamado Alexander Belosteny. Rudo botando y tirando, más largo que un día sin pan y aparentemente inofensivo, se convierte en el azote soviético debajo de la pintura. Su extraordinario juego de pies le permite anotar 8 puntos en dos minutos y medio y colocar de nuevo a la URSS por delante en el electrónico. Para terminar el primer tiempo, Petrovic encesta una suspensión imposible con una parábola que cruza Sibenik antes de entrar en la cesta. A pesar de todo, Yugoslavia se marcha al vestuario con tres puntos de ventaja (40-37).

 

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Drazen Petrovic entra a canasta defendido por Rimas Kurtinaitis

 

La cosa se pone tensa en la reanudación. Yugoslavia sale en tromba y con los codos afilados. La Unión Soviética decide focalizar su juego ofensivo desde el interior. El resultado es que los balcánicos logran desquiciar a Belosteny y Sabonis mientras los hermanos Petrovic ajustician desde la línea de tres sin piedad. En pocos minutos se llega a un 48-41 a favor de los de Cosic y al conjunto soviético le toca remar. La labor desquiciante de los hermanos de marras, sacando la lengua, celebrando cada canasta como si fuera la última y protestando hasta los parpadeos de sus marcas provoca las iras de la afición que empieza a gritar ‘¡Rusia, Rusia, Rusia!’ desde la grada. En esto que Belosteny suelta el brazo y los árbitros le cazan: falta antideportiva y diez puntos de ventaja para Yugoslavia. El ímpetu de Kurtinaitis y Volkov hace que la URSS no se desconecte totalmente, aunque da la impresión de que el aspecto mental está absolutamente dominado por su adversario. Sabonis encesta su tercer triple y la diferencia se esfuma (56-57). Más carne al asador y toda la grada volcada con los de rojo.

 

Si Belosteny cometió un error ahora el temerario es Petranovic, que en un balón dividido decide arrojar a Tikohnenko contra las cámaras de televisión. La Unión Soviética sólo saca un punto más de ventaja de esa acción y rápidamente ésta se esfuma tras un mate de Vrankovic con sello de manos y codo incorporado a la cabeza de Sabonis. Los árbitros parecen haberse olvidado de pitar en el aro balcánico, para goce y regocijo de los hermanos Petrovic. Entramos en los ‘diez de últimas’ con 66-64 a favor de Yugoslavia. Cosic decide apostar por Cutura, un brillante asesino silencioso que también hace cabriolas camino de su aro cuando encesta un tiro. La URSS se queda sin pólvora desde fuera, mientras sus interiores acusan el cansancio a la hora de pelear el rebote ofensivo. El 74-66 a falta de 5 minutos deja la final a tiro de piedra para Yugoslavia, pero ahí está de nuevo Tikhonenko que, con un magnífico 3+1, vuelve a meter a su equipo en el partido. El momento célebre llega a falta de dos minutos y medio. Drazen Petrovic comanda brillantemente un contraataque que termina en canasta y coloca el 81-72 a favor de su selección. El base regresa a su aro celebrando la acción como si estuviera poseído por el diablo. Lo que sucederá a continuación sólo se explica desde un punto de vista mental.

 

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La celebración loca de Drazen. La cara de Sabonis no tiene desperdicio

 

La energía gastada por Drazen en celebrar su canasta le impide defender un triple de Valters en la siguiente acción. El marcador se coloca 81-75 y el suplente de lujo Radovic tiene dos tiros libres tras una falta de Chomicius. 83-75 y balón para la URSS. Divac hace falta a Sabonis. El lituano falla el tiro libre y Yugoslavia recupera la posesión. Tras una sucesión de leñazos a cualquier jugador de blanco por parte soviética para que el tiempo no corra Cutura encesta un lanzamiento que parece definitivo. Resta 1:10 y la Unión Soviética está 10 puntos abajo. Empieza la magia entonces. En el siguiente ataque Sabonis encesta a tablero un triple frontal desde 9 metros. A continuación Tikhonenko corta un pase de Petrovic a Cutura, se planta desde más allá del arco y anota otro triple. Quedan 41 segundos. Cosic pone en pista a tres bases para controlar la posesión y evitar males mayores. La correosa defensa roja hace que su rival tenga que contar con los interiores para atravesar el mediocampo y en éstas que Divac se lía y comete dobles. El Palacio de los Deportes de Madrid se pone en pie. Sabonis bloquea a Drazen y libera a Valters, que a falta de tres segundos encesta un triple que empata el partido. Hay prórroga.

 

Los siguientes cinco minutos forman parte de una de las páginas más bellas del baloncesto en el siglo XX. Un duelo sin cuartel entre dos de los más grandes: Arvydas Sabonis y Drazen Petrovic. Todos, absolutamente todos los balones pasarán por sus manos y Vlade Divac, por aquel entonces muy joven, recordará para el resto de su carrera la noche en la que le tocó bailar con el Zar de Kaunas. Con un punto arriba Petrovic falla un tiro libre clave y Divac comete su cuarta falta. De nuevo Sabas a la línea y esta vez sin fallo. Una mano mágica de Tikhonenko corta un contraataque a falta de 40 segundos y asegura una nueva posesión soviética. De ahí al final el balón no dejará de ser rojo, pasando por las cuatro esquinas de la pista y evitando con ello que se pare el tiempo. Drazen lloró amargamente. También Cosic, y Cutura, y Dalipagic. Sabonis estuvo excelso, aunque el héroe anónimo de aquella histórica remontada fuera el bigotudo Valters. Una lluvia de aplausos despidió a los finalistas que, aunque no llegaron a ser campeones, fueron protagonistas, bajo la atenta mirada del Comisionado de la NBA David Stern, del cambio de paradigma en el baloncesto europeo. Ganó Estados Unidos, pero Arvydas Sabonis maltrató a David Robinson. Dicen que aquella exhibición hizo cambiar la percepción estadounidense sobre los jugadores del viejo continente. Dicen…

 

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Estambul, como Madrid 2015

Especial Final Four Euroliga Estambul 2017 (I): La previa de semifinales

Alberto Rodríguez (@albertthethin)

Fenerbahçe y Real Madrid se verán las caras en semifinales de la Final Four que se inicia este viernes 19 en Estambul. CSKA de Moscú y Olympiakos harán lo propio dos horas antes. Da la casualidad de que ambos enfrentamientos coinciden con los mismos que se produjeron hace dos años en Madrid, cuando el equipo anfitrión se proclamó campeón de Europa por novena vez tras una sequía de veinte años. Los cuatro contrincantes mantienen entrenador, de modo que es interesante analizar los duelos recordando lo que ocurrió en 2015, añadiendo las aportaciones que los nuevos jugadores han traído a la cancha. Esta vez el anfitrión es el Fenerbahçe de Zeljko Obradovic, que con esta suma tres Final Four consecutivas. La pasada temporada el equipo turco se quedó a las puertas del título en una más que polémica final ante el CSKA. El capricho de los duelos a un sólo partido hace que el conjunto local no siempre se lleve el gato al agua, por mucho que se hable de que el arbitraje juega a su favor. Los detalles son importantes, así que hagamos un poco de ‘scouting’.

 

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CSKA de Moscú – Olympiakos de El Pireo: ¿Trauma superado o vuelve el tembleque?

Se trata del duelo por excelencia de la última década en el baloncesto europeo. Ambos equipos se han enfrentado en tres ocasiones (la final de 2012 y las semifinales de 2013 y 2015), cayendo la tostada siempre del lado griego y siempre de forma dramática. Todo empezó con el palmeo de Printezis para ganar el título en Estambul y el virus infectó rápidamente a la moral rusa de ahí en adelante. Al año siguiente, en una semifinal en la que el equipo dirigido entonces por Ettore Messina partía como claro favorito, volvió a suceder. Los Khryapa, Krstic, Teodosic, Weems, Kaun y compañía se diluyeron como un azucarillo ante su propio fantasma, y tiraron el partido desde el inicio. En 2015 el fantasma reapareció en Madrid, de nuevo de forma cruel. Al CSKA le empezó a entrar la risa con eso de cerrar el partido en el último cuarto y acabó cayendo por un ajustado 68-70. En todos los duelos siempre ha sobresalido el mismo protagonista: Vassilis Spanoulis. El base griego reencarna como nadie el espíritu competitivo de Olympiakos y su figura impone tanto respeto que es capaz de inocular el miedo aun cuando el partido parece controlado. Spanoulis es un especialista en este tipo de situaciones y le tiene especial gusto al CSKA: fue el asistente de Printezis en la canasta ganadora en 2012; comandó las operaciones al año siguiente y un triple suyo prácticamente imposible en 2015 apeó al conjunto moscovita de la final de Madrid. Ya puede estar cojo, manco o medio muerto. Si Spanoulis está vestido de corto, Olympiakos cree.

 

Analizando el duelo del viernes parece evidente que el CSKA parte con ventaja. Habiéndose sacudido los malos tragos de las últimas cuatro Final Four, los rusos levantaron el título el pasado año, lo que supuso una inyección de confianza para un grupo de jugadores que llevaba necesitando una alegría europea desde hace tiempo. La personificación de esos “tristes” era Milos Teodosic. El serbio comanda las operaciones junto con el francés Nando De Colo y el estadounidense Aaron Jackson. El trío probablemente sea el más completo de Europa en su puesto, pero lo verdaderamente delicioso del CSKA es su juego interior. Augustine, Hines, Vorontsevich y Kurbanov juegan a las mil maravillas, combinando los bloqueos a los exteriores con un repertorio de pases entre postes digno de estudio. A pesar del sufrimiento (y el robazo) que supuso el play-off contra el Baskonia, los de Dimos Itoudis han trazado rumbo fijo desde hace meses, y sólo pequeños deslices en momentos puntuales han impedido que fueran campeones de la fase regular. Un conjunto verdaderamente temible.

 

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Vassilis Spanoulis defendido por Andrey Vorontsevich y Kyle Hines

 

Por su parte Olympiakos es el mejor competidor del torneo. Lo lleva siendo desde hace años, pero la grandeza de este nutrido grupo de espartanos crece y crece mientras sus mejores piezas, a excepción del alma Spanoulis, son captadas por los dólares turcos cada verano. Sfairopoulos ha logrado retener Lojeski, Printezis y Papapetrou, mientras que Papanikolaou ha vuelto a casa tras su aventura NBA y su descafeinado paso por Barcelona. La baja de Dunston ha sido suplida por el joven Nikola Milutinov y el norteamericano Khem Birch. El conjunto heleno sorprende por su espíritu y la juventud de su segunda unidad, que arropa con maestría al emperador Vassilis Spanoulis, auténtico amo y señor de la dirección del juego. Vienen de batir en cinco durísimos encuentros al Efes Pilsen de Velimir Perasovic. Su estrella está a pleno rendimiento después de promediar 17 puntos, 2 rebotes y 6 asistencias en 28 minutos de juego. La defensa es el otro gran argumento de este equipo. Olympiakos es el equipo que menos puntos recibe de los cuatro semifinalistas (74 por encuentro).

 

Fenerbahçe Estambul – Real Madrid: Maestro y alumno vuelven a encontrarse

Estas dos plantillas vuelven a encontrarse en fase eliminatoria de Euroliga por tercera vez consecutiva. Si en 2015 disputaron una semifinal en la Final Four de Madrid, la pasada temporada se vieron las caras en cuartos. Una victoria para cada equipo, aunque a partido único el precedente más inmediato es la citada semifinal de hace dos años, en la que el Real Madrid cosió a triples a su rival en el primer tiempo, sesteó en el segundo y estuvo a punto de llevarse un buen susto en los últimos minutos. Volveremos a ver en acción los planteamientos de Zeljko Obradovic y Pablo Laso, dos de los mejores entrenadores del viejo continente, dos figuras clave para entender el baloncesto que fue y que es, que se veneran y respetan a partes iguales, pero que en privado reconocen que es un incordio enfrentarse entre sí. Esta temporada la victoria ha caído del lado local en ambos enfrentamientos, si bien es verdad que el Madrid lo tuvo en la mano en Estambul y el Fenerbahçe en el Palacio, de modo que la igualdad ha sido la tónica dominante entre los dos equipos.

 

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Sergio Llull perseguido por Jan Vesely

 

El conjunto turco está dando pasos de gigante en su consolidación en la élite del baloncesto europeo. Si hace dos años alcanzó la Final Four por primera vez en su historia, el pasado mayo se coló en la final y la compitió hasta el último suspiro, en el que unas cuantas decisiones arbitrales impidieron que levantara el título de campeón. Obradovic ha dotado de carácter a jugadores de incalculable talento como Bogdanovic, Kalinic o Vesely y, como siempre, los ha rodeado de tres o cuatro veteranos para desequilibrar la balanza cuando la cosa se ponga dura. Si en Panathinaikos esas figuras las representaban Alvertis y Middleton, en este caso hablamos de Pero Antic y Bobby Dixon. El plantel se engalana con los minutos de Ekpe Udoh, una auténtica bestia que al Madrid se le atraganta en cada uno contra uno, Luigi Datome y Kostas Sloukas. Ser anfitrión es un arma de doble filo, pero el ambientazo que se va a crear en Estambul cuando este equipo salte a la cancha será inigualable. La obsesión de Obradovic es parar la dirección de Llull y Doncic. Perros de presa tiene para ello. Veremos qué hay preparado en el otro lado.

 

El Madrid, por su parte, jugará su cuarta final a cuatro de las últimas cinco, donde siempre alcanzó la final y sólo la ganó una vez en 2015. En esta ocasión no está KC Rivers para defender y anotar desde fuera, pero sí permanece la mayor parte de la segunda unidad que trajo la novena ante Olympiakos hace dos años. A excepción de Slaughter, suplido brillantemente por Othello Hunter, el conjunto merengue conserva sus cimientos, su filosofía y su hambre intactas desde el póker de títulos alcanzado en la 2014/2015. Se espera a un Nocioni voraz, pues será su última Final Four, un Randolph entonado para las grandes ocasiones, y un Ayón capaz de parar a Vesely y machacarlo en el poste. Pero sobre todo se espera que Luka Doncic, Wonderboy desde hace año y medio, esté a la altura de tan tamaña empresa. Al esloveno se le cae el talento, pero su juventud y los nervios propios de una cita como ésta le pueden pasar factura. Ya en play-off contra Darussafaka dio una de cal y otra de arena, aunque sus dos últimos encuentros fueran brillantes. Del que no se duda es de Sergio Llull, como tampoco parece plausible que la columna vertebral se amilane (Reyes, Rudy, Maciulis, Carroll). Las dudas llegan en defensa, sobre todo para parar a Udoh, y en el entorno que rodea al partido: jugar contra el anfitrión, el ambiente, el arbitraje, Obradovic… El fantasma que nunca cesa cuando te enfrentas al mejor entrenador de Europa.

 

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Zeljko Obradovic, entrenador del Fenerbahçe

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Karembeu, Anelka, Sheringham y otras hierbas de la Champions

Alberto Rodríguez (@albertthethin)

Para ganar la Champions hay que tener un punto de suerte… y para perderla de mal fario. La heroica cubre ciertas noches de miércoles en torno al mes de abril, como aquello de que la primavera la sangre altera, y ocurren cosas sobrenaturales. En algunos casos se adelanta el parto y te pasa como al Barcelona en su estadio ante el PSG y resulta que remontas cuatro goles. Historias todas ellas protagonizadas por héroes de la pelota, posiblemente ignorados y tal vez defenestrados minutos antes de saltar al campo, pero que copan todas las portadas al día siguiente y, curiosamente, acaban siendo ignorados al final de temporada. La memoria es implacable, injusta, corta. Las imágenes para la historia tienen pocas veces en cuenta el camino recorrido; por eso tiene más sentido honrarlos en estas líneas para su gloria. Nombres como Sergi Roberto, Fran González, Nicolás Anelka, Christian Karembeu, Teddy Sheringham o Jerzy Dudek, que fueron imprescindibles para que sus respectivos clubes escribieran gloriosas páginas en la historia de la Copa de Europa.

 

4 de marzo de 1998. Cuartos de final. Estadio BayArena. Un Real Madrid sin rumbo en Liga centra sus esfuerzos en Europa con una trayectoria sobresaliente. En el banquillo el otrora aclamado Jupp Heynckes y toda la Quinta del Ferrari en el campo. Enfrente el Bayer Leverkusen, una de las revelaciones de aquella Champions, que acuñaba por entonces una prometedora generación de futbolistas alemanes como Nowotny o Ramelow, comandados en el centro del campo por el brasileño Emerson. El mal de Alemania pasó factura pronto. En el minuto 18 Beinlich empalmó una volea en un rechace de una falta peligrosa en la frontal del área que Illgner llega a tocar, pero acaba dentro de la portería. El shock afectó al Madrid de tal manera que en el primer tiempo se limitó a evitar que la cuenta aumentara. En la reanudación Raúl tiene un mano a mano que el guardameta Heinen resuelve impecablemente. Tras un paradón de Illgner a un cabezazo de Kirsten en una contra Christian Karembeu, más famoso por salir en las revistas del corazón que por su juego, conduce la pelota y engancha un lanzamiento cruzado con la uña del pie derecho que acaba en gol. La figura del francés se engrandecería en semifinales, cuando tras el lamentable incidente de la portería caída en el fondo de los Ultra Sur, marcaría otro punterazo contra el Borussia de Dortmund para poner un atractivo 2-0 de renta para el partido de vuelta. Fue su mejor aportación a la causa, que acabó con La Séptima, la primera Copa de Europa del Real Madrid en 32 años, tras los seis títulos ganados entre 1956 y 1966.

 

 

26 de mayo de 1999. Final. Estadio Camp Nou de Barcelona. Manchester United y Bayern de Múnich se citan ante la historia para levantar la orejona. El marcador se abre pronto. En el minuto 6 Mario Basler ejecuta con brillantez un libre directo que pone en ventaja al conjunto alemán. A partir de ahí el juego se vuelve espeso y aburrido. El Bayern tiene la oportunidad de sentenciar en el minuto 74, pero el disparo de Scholl se va al palo. Entramos en el tiempo de descuento. Córner a favor del United. El balón botado por David Beckham pasa por cinco cabezas y sale rechazado. Ryan Giggs chuta hacia la portería y Teddy Sheringham al borde del fuera de juego pone la puntera para desviarlo al fondo de la red. Oliver Kahn protesta y se come al árbitro, pero el gol sube al marcador. El delantero noruego Solsjkaer fuerza otro córner en el último minuto del tiempo de prolongación. Vuelve a ejecutarlo Beckham. Esta vez Sheringham peina y el propio Solsjkaer se anticipa en el área pequeña para marcar en plancha con el pie. La desolación alemana sólo es comparable a la que debió sentir Antonio Resines cuando los guionistas le pasaron el final de la serie Los Serrano. Uno de los momentos más increíbles de la historia de la competición.

 

 

9 de mayo de 2000. Vuelta de semifinales. Estado olímpico de Múnich. Un Real Madrid cargado de moral tras haber eliminado al Manchester United en cuartos, el famoso día del taconazo de Fernando Redondo a Nicky Butt y la exhibición de Raúl González en Old Trafford, se presenta en la capital bávara con una renta de 2-0, cosechada en el Bernabéu pocos días atrás. El mal de Alemania vuelve a aparecer. Aquel Bayern, con ilustres nombres como Stefan Effenberg , Nehmet Scholl y el killer Giovane Elber en la delantera, salió a aprovechar “esos primeros veinte minutos que tienen los equipos alemanes en su casa” y se adelantó en el minuto 12 con un gol del tanque Carsten Jancker. El equipo de Del Bosque tuvo serias dificultades para tapar los agujeros creados en su defensa por su rival, a pesar de salir con tres centrales (Julio César, Iván Helguera e Iván Campo) y limitar mucho las subidas de sus dos carrileros, Roberto Carlos y Míchel Salgado. Con el agua al cuello y un gol anulado al Bayern por fuera de juego de Elber, Savio Bortolini centra inocentemente al área en el minuto 36 y su envío es cabeceado por Nicolás Anelka de manera inapelable para Oliver Kahn. Aquel mazazo sería definitivo para los alemanes, a pesar de que el gol de Elber en el 54′ diera ciertas esperanzas. El Madrid acabaría dando un baño al Valencia en la final de París (3-0), pero el héroe de aquel camino no fue más que el delantero francés, acusado de vago y defenestrado por su bajo rendimiento durante toda la temporada. Ironías del destino.

 

 

7 de abril de 2004. Estadio de Riazor, La Coruña. El Súper Dépor de Javo Irureta viene escocido por un 4-1 encajado en San Siro ante el Milán en el partido de ida de cuartos de final. El reto es mayúsculo y toda la ciudad gallega se vuelca con el equipo desde primeras horas de la mañana. El guión parece claro: hay que marcar pronto e irse, por lo menos, 2-0 a favor al descanso. La realidad es todavía más halagüeña para los blanquiazules, que en los primeros 45 minutos marcan 3 goles y dejan la remontada a tiro de piedra. Sin embargo, el segundo tiempo se hace largo… muy largo. El arrojo de los coruñeses no es suficiente para perforar la portería de Dida de nuevo. El Milán tira de manual italiano y se siente cómodo despejando los balones aéreos enviados por los interiores deportivistas. En éstas que Víctor Sánchez ejecuta un mal centro al que no llega nadie. Fran lo caza con el pecho fuera del área y chuta con energía. Su balón rebota en Cafú, desviándose hacia el fondo de la red. Es el 4-0 y quedan quince minutos para el final, donde la actuación del guardameta José Francisco Molina sería fundamental para aguantar el resultado. Luego llegaría el Oporto de Mourinho y el famoso robazo en semis, pero la épica no perteneció a ese capítulo.

 

 

25 de mayo de 2005. Estambul. Final de la Champions League. El Milán entrenado por Carlo Ancelotti con una plantilla de ensueño (Maldini, Nesta, Seedorf, Kaká, Pirlo, Crespo, Inzaghi, Shevchenko, Cafú…) se va al descanso 3-0 a favor contra el Liverpool de Rafa Benítez. La exhibición lombarda es tremenda. En la reanudación hubo una alineación planetaria en Turquía. En doce minutos los goles de Xabi Alonso, Steven Gerrard y Vladimir Smicer igualan el partido. La final se va a la prórroga sin que nadie pueda marcar en el tiempo extra. En la tanda de penaltis, el portero polaco Jerzy Dudek detiene tres penaltis y el conjunto inglés se proclama campeón. La locura invade el estadio y el “You will never walk alone” se convierte en el himno del fútbol europeo durante el verano. Ancelotti declararía años más tarde que aquella noche fue la más triste y vergonzosa de su vida. El Milán se redimiría al año siguiente frente a la Juventus, pero la herida aún sigue abierta en los aledaños del Giuseppe Meazza.

 

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El discreto triunfo del escritor

Joan Plaza se reivindica tras la remontada de Unicaja de Málaga en La Fonteta para levantar la Eurocup

Alberto Rodríguez (@albertthethin)

Creer es un valor en alza. No sólo en el deporte de élite. La fe, eso de lo que los ateos carecemos y tanto envidiamos, se reserva para aquellos corazones que están dispuestos a someterse a la mística. En realidad se trata de una concatenación de aspectos (mentales, físicos, externos) que acaban conduciendo a un desenlace inesperado, pero está claro que sin la confianza inicial necesaria para creer en las posibilidades de que aquello ocurra las probabilidades disminuyen. Fuera de matemáticas ayer se celebró un partido histórico en la final de la Eurocup de baloncesto. Histórico porque enfrentó a dos equipos españoles, Unicaja y Valencia Basket, y también por la extraordinaria remontada malagueña en el último cuarto cuando el marcador marcaba 56-43 para el equipo local a falta de cuatro minutos para la conclusión del encuentro. Un parcial de 0-18 volteó el duelo hasta el 58-63 final. Es el cuarto título para Unicaja, tras haber conquistado la Copa Korac en 2001, la Copa del Rey en 2005 y la Liga ACB en 2006.

 

La remontada malaguista se fraguó en el último aliento que el equipo dirigido por Joan Plaza pudo dar tras un tiempo muerto donde naufragaba en el pabellón de la Fuente de San Luis de Valencia. El conjunto local tampoco estaba cómodo, pero mantenía sin muchos problemas una renta superior a los diez puntos. La solvencia de Bojan Dubjlevic (16 puntos y 6 rebotes) y la buena dirección de Guillem Vives y Sam Van Rossom (9 asistencias entre los dos) parecía suficiente para dejar el título en casa, a pesar de un discretísimo acierto en el tiro exterior (9/36 intentos) y el sonrojante apagón de Rafa Martínez, un estandarte del equipo taronja. Unicaja cedió 17 rebotes en defensa, repartió menos asistencias y fue por detrás en el marcador durante 32 minutos. El parcial de 21-13 a favor de Valencia Basket en el tercer cuarto parecía definitivo y, sin embargo, acabó llevándose el título. Para más inri, lo hizo sin interiores, ya que Alen Omic fue descalificado por una absurda tangana al final del tercer periodo y Dejan Musli no pudo disputar el partido.

 

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Nemanja Nedovic trata de superar el dos contra uno de Bojan Dubjlevic y Joan Sastre

 

Todo se inició con dos triples consecutivos de Dani Díez que no tuvieron réplica. A continuación Jamar Smith tomó el dominio de la pista para acercar aún más a los visitantes. En un abrir y cerrar de ojos Sam Brooks empataba el encuentro y el escenario cambiaba por completo. Al otro lado de la pista los de Plaza apretaron líneas, cerraron ahora sí el aro, y obligaron al Valencia a afear su rendimiento desde el exterior. Smith, convertido en jugador de playground volvió a desafiar a La Fonteta con otro uno contra uno espectacular y el canterano Alberto Díez rubricaba el 0-18 para dejar el marcador en 56-61. La grada catatónica. Pedro Martínez con un cabreo de tres pares de narices y sólo Bojan Dubjlevic tratando de sacar a flote a los suyos. Un tapón de Brooks a Rafa Martínez inició una tangana que afeó la heroica malacitana e inició una enorme tangana que dio paso a una sucesión de tiros libres. Carlos Suárez levantó la Eurocup con un pabellón vacío. El Unicaja disputará la Euroliga la próxima temporada y el ansiado regreso a la élite podrá consumarse este verano.

 

Título de galones, de garra, de fe, de carácter. Un título muy especial para el entrenador Joan Plaza, muy discutido desde la pasada campaña por la irregularidad y el escaso rendimiento del equipo. Un hombre que llegó con la vitola de haber devuelto al Real Madrid a la élite y haber llevado al Baloncesto Sevilla a una final europea y que ha pasado una enorme cantidad de dificultades en las cuatro temporadas que lleva al frente del club verdiblanco. La política del club de reforzarse económicamente tras el glorioso periodo 2005-2006 donde consiguió Copa y Liga bajo la dirección de Sergio Scariolo dio paso a un difícil periodo en el que las plantillas fueron apagando sus prestaciones a pesar de contar con excelentes entrenadores como Aíto García Reneses, Chus Mateo o Jasmin Repesa. Plaza llegó tras su paso por Sevilla, donde vivió la cresta y el valle del baloncesto profesional. Unicaja, que pasó las dos campañas anteriores sin entrar en los play-off por el título de liga fue semifinalista, tras una discreta participación en la Euroliga.

 

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Carlos Suárez levanta el título en el Pabellón Fuente de San Luis

 

El entrenador catalán apostó por la cantera dando un puesto en la primera plantilla a Domantas Sabonis y Alberto Díez, cuidó como oro en paño a un jovencísimo pero talentoso Mindaugas Kuzminskas, desarrolló por completo las prestaciones de Jayson Granger y se hizo con los servicios del francotirador Ryan Toolson. A pesar de la marcha de Nik Canner-Medley y una tortuosa temporada en Europa el equipo igualó los registros del año anterior y se metió en semifinales de Copa. El calvario llegaría en la 2015/2016, donde no se clasificó para dicho torneo y acabó en el 6º puesto al final de la liga regular de la ACB, siendo eliminado contundentemente por el Valencia Basket en cuartos de final. Para colmo, tras los Juegos Olímpicos de Río Kuzminskas se marchó a la NBA, Will Thomas al Valencia, Markovic a Rusia… una sangría para planificar la plantilla y un reto mayúsculo por delante. Hoy una ciudad orgullosa se rinde ante una hazaña tan única. Merece la pena entonces reivindicar el trabajo que desde el banquillo ha realizado un hombre que lleva en la picota un año y medio, pero que siempre, pero siempre, siempre, hace que los equipos que entrena compitan al máximo nivel. Joan Plaza, el escritor.

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La mecha interminable de Sergio Llull

Con su canasta decisiva en El Clásico, el menorquín engrosa su nutrida lista de tiros ganadores

Alberto Rodríguez (@albertthethin)

El pasado domingo se plantó en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid un buen Barça. Quizá víctima de un orgullo demasiado herido durante los últimos meses, este equipo lleva perdidos más partidos en lo que va de temporada que en las dos últimas campañas de Xavi Pascual, el conjunto blaugrana apretó las líneas en el uno contra uno, defendió valientemente los bloqueos directos y fue agresivo de cara al aro. Salvo la pájara del segundo cuarto, en el que el Madrid despegó de la mano de Luka Doncic y Othello Hunter y se fue al descanso once puntos por encima, los visitantes tuvieron opciones hasta el final y jugaron sus cartas de manera muy inteligente. Y eso que no fue el mejor día de Tyrese Rice, ni tampoco el de Koponen, ni siquiera el de su último fichaje Víctor Faverani. Entre Tomic, Perperoglou, Eriksson y Oleson anduvo la cosa… hasta que apareció Sergio Llull en la última posesión para decantar el duelo del lado madridista.

 

Al base menorquín le tiembla muy poco la muñeca en esos momentos. Siempre bravo, sanguíneo, impulsivo, es incapaz de eludir tamaña responsabilidad. Ya llamaba la atención por su velocidad en la pista, su coordinación en el bote y su desparpajo a la hora de entrar a canasta, más si cabe cuando Joan Plaza decidió contratarle para disputar los play-off por el título con el Real Madrid en la temporada 2006-2007. Era demasiado bajito para ser escolta y demasiado corto de visión para ser base, pero nunca le quemaba la pelota en las manos. Con 19 años ya levantó aquella liga en el Palau Blaugrana y al año siguiente se disputaba los minutos con Louis Bullock en el exterior y alternaba tímidamente en la dirección con Kerem Tunçeri. Ese Madrid sería recordado por las nefastas actuaciones de su fichaje estrella, Lazaros Papadopoulos, y por caer en primera ronda de play-off ante Unicaja en dos partidos, después de haber acabado en primera posición al final de la temporada regular.

 

 

Llull, sin embargo, continuó en ebullición. Su superioridad física cubría sus carencias en otros aspectos técnicos. En aquel verano de 2009 pulió enormemente su tiro exterior y su interpretación de los bloqueos, para convertirse en una amenaza muy seria para sus rivales. Entonces le llegó el que hasta la fecha ha sido su mayor reto como jugador de baloncesto: dejar la cómoda posición de escolta y asumir sin fisuras la de base. Lo hizo por orden de Ettore Messina, en aquel Madrid collage hecho a base de improvisación y billetera, por el que pasaron hasta 13 jugadores nuevos en siete meses de competición. Fueron meses duros para el de Mahón, muy exigido por su técnico y con un relevo en horas bajas como Pablo Prigioni. Y, sin embargo, superó la prueba con nota. En los momentos decisivos de la temporada promedió un insultante 48% en triples, 3,1 asistencias y 11,6 puntos en 23 minutos de juego. El fichaje de Sergio Rodríguez parecía mandar un claro mensaje de que Llull regresaría al perímetro y finalmente fue Prigioni el que pasó más tiempo en el banquillo. En su primera Final Four en dieciocho años, el Madrid naufragó estrepitosamente ante el Maccabi, pero con tres pilares clave para su inmediato futuro: Llull, El Chacho y Nikola Mirotic. Por aquel entonces Llull ya nos dejó varias canastas decisivas, como la que logró ante el Montepaschi de Siena en el Palacio de Vistalegre al borde del Top-16.

 

 

El desembarco de Pablo Laso vino acompañado de la versión más madura del base menorquín, cuyo rol se asentó definitivamente en pos de un baloncesto que le favorece por estilo, velocidad y protagonismo. Vendrían entonces las canastas decisivas ante Baskonia en ACB, ante Valencia en el apasionante play-off de 2015 tras una agónica prórroga y, por supuesto, el lanzamiento decisivo en la Copa del Rey de Málaga 2014, cuando Sergio Rodríguez lo encontró abierto en una esquina para cederle el último balón y acabar con la resistencia del F.C. Barcelona. Lejos de reconocer el punto de suerte que tiene acertar con el lanzamiento final, Llull alaba la determinación de aquel que quiere jugársela y lo celebra como el que más. Si la Fonteta lo había declarado enemigo público número uno tras el mencionado triple de 2015, tuvo que aguantar que anotara una canasta desde 20 metros para robarle la victoria en liga al conjunto taronja, que había anotado una valiosísima canasta a falta de ocho décimas para la conclusión del choque. Hasta gente como Russell Westbrook ha sufrido la muñeca caliente del ’23’ blanco. Sucedió en el amistoso celebrado este pasado octubre en los NBA Europe Games disputados en Madrid.

 

 

Este año, además del Barcelona otros equipos del viejo continente han sido también víctimas. Le sucedió al Bamberg en Euroliga, en cuya pista Nikos Zisis sigue buscando su cintura cuando un torpedo vestido de blanco le pasó por encima. Da igual que esté bien defendido, o que parezca a punto de poner los dos pies en tierra. Sergio Llull, por alguna extraña razón, salta, se equilibra en el aire, y lanza a canasta, con una facilidad que nos recuerda a jugadores de otra época. Con casi treinta años se encuentra en su mejor momento como jugador, habiendo alcanzado la madurez como director de orquesta del Real Madrid. En julio de 2015 renunció a una oferta mareante de Houston Rockets después de haber conquistado el repóker de títulos y este verano ha tenido que afrontar otro enorme desafío: el de suplir a alguien insustituible como Sergio Rodríguez, que decidió regresar a la NBA. Con un dominio completo del juego Llull ha subido sus prestaciones en todas las competiciones y ha asestado varios golpes mentales a los que le disputan el título moral de “mejor base europeo”. Les sucedió a Milos Teodosic y Nando De Colo, cuyas inmaculadas trayectorias pasaron desapercibidas ante la gloriosa segunda parte de nuestro protagonista ante el CSKA en el Palacio de los Deportes. En ACB promedia 15,6 puntos, 5,8 asistencias, 1 rebote y casi un 40% de acierto de tres en 25 minutos de juego. En Euroliga se va hasta los 16,5 puntos, 2,1 rebotes y 6,2 asistencias, siendo el tercer mejor pasador del torneo.

 

 

Cuando acaba el partido, habiéndose metido a la afición en el bolsillo, baja a la Tierra y reconoce su fortuna humildemente. No se arrepiente de haber dicho no al Tío Sam y quiere seguir conquistando títulos con un club que ya le considera todo un mito. Quizá se trate de uno de los primeros casos de ese base tipo americano todoterreno que todos querríamos tener en nuestro equipo, en ocasiones muy dependiente de su físico, pero con indudables habilidades adquiridas y un liderazgo fuera de cualquier crítica. Es posible que su espina sea no ser eso en la Selección, pero quién sabe. Cuando la magnífica generación nacida en 1980 se retire, igual él asume la última posesión. Estadísticamente tiene mejor promedio de aciertos que Sergio Ramos en finales de partido. ¿Ustedes se la jugarían?

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